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1. La escuela nacional-católica: Cruzada contra el totalitarismo de corte fascista. 3. El ideal femenino. Hacia la Modernidad. RESUMEN El régimen franquista vio en la enseñanza un eficaz método de adoctrinamiento político. La mujer, responsable última del hogar y de la formación de los hijos, por sus posibilidades como transmisora ideológica, concentró el interés de los sectores vencedores de la guerra: su educación, como inversión a largo plazo, constituiría la piedra angular de la política propagandística de un régimen que decía emprender el camino del resurgimiento imperial de España. 1. La escuela nacional-católica: Cruzada contra el totalitarismo de corte fascista. El régimen franquista concibió la escuela como instrumento adoctrinador, calzo garante de la estabilidad social y de supervivencia política, y confió al buen maestro, "apóstol de la niñez y Misionero de los pueblos"1, "humilde sacerdote del saber"2, la ardua tarea de educar al niño "como ser portador de un alma que conducir a Dios; como persona que posee facultades y energías para ponerlas al servicio de la Patria"3. La escuela, trampolín de proyección ideológica, atrajo el interés de las diferentes familias del régimen y se convirtió en campo de batalla de falangistas y católicos, que pugnaron por imponer su proyecto educativo y asegurar así su pervivencia política. Al totalitarismo de corte fascista de Falange, la Iglesia opondría su derecho consuetudinario a una parte del pastel, lo que dejaba al Estado un papel meramente subsidiario en materia educativa. El desenlace de la II Guerra Mundial pondría fin a las aspiraciones falangistas, si bien la hegemonía católica estaba yadecidida de buen principio. Por su profundo arraigo social y sus propiedades conservadoras e inmovilistas, la Iglesia ofrecía al régimen una incontestable legitimación que, Falange, desnutrida antes de la contienda, apenas podría contraofertar. Son años de profundo fervor religioso. La escuela, abanderada de la tarea de recristianización de España, como gustaba llamar Ibáñez Martín a su práctica política al frente del Ministerio de Educación4, habría de propiciar el desarrollo del niño en un ambiente de densa espiritualidad. A la obligatoriedad de la enseñanza de la religión, se sumaba la imposición de un sinfín de prácticas piadosas, "misas, primeros viernes, rosarios, viacrucis, ejercicios espirituales, meses de María, sabatinas, jaculatorias, himnos de Acción Católica, ofrendas de desagravio al sagrado corazón,..."5, que inundaron la escuela en aquellos primeros años cuarenta en que "a los niños descalcificados de la posguerra -atestiguaba Francisco Umbral- nos dolían las rodillas de estar tanto tiempo arrodillados, en las losas, rezando y cantando."6 La renuncia estatal al monopolio de la enseñanza, al Estado docente, atendía a los indicantes anhelos de la Iglesia por recuperar su legítimo lugar en la estructura educativa española, y a la necesidad práctica de mantener en funcionamiento un instrumento adoctrinador de primera índole, profundamente mermado por la concienzuda depuración que sufrió el aparato educativo durante y después de la contienda. La creciente hegemonía eclesiástica sobre la enseñanza secundaria, y sobre la formación de las minorías dirigentes, con un 60% de los centros educativos y un 75% del alumnado7, comprometía el futuro político del falangismo tanto como el acceso a la educación de los sectores sociales más desfavorecidos, hacinados en los escasos centros estatales de primera enseñanza y dejados de la mano de Dios, que no de la Iglesia. Falange esgrimía la necesidad de nacionalizar la educación, de someter a un férreo y centralizado control estatal el aparato educativo y sus contenidos pedagógicos, -en oposición al carácter subsidiario que otorgaba la Iglesia al Estado en nombre de la libertad de enseñanza- y le reservaba al Partido un papel de primer orden como agente mediador, pues "es tan absurdo que el Estado se inhiba de la educación de los ciudadanos, como el que un padre abandone la educación de sus hijos"8. Desarrolló pronto los instrumentos de intervención, pero su inserción en las instituciones educativas estatales quedaría postergada hasta 1940. El 6 de diciembre de ese mismo año se establecía por ley el Frente de Juventudes, que encuadraba a toda la juventud española, con el fin de "conseguir un espíritu nacional, fuerte y unido, e instalar en el alma de las futuras generaciones la alegría y el orgullo de la Patria"9. Se distinguía entre afiliados (o Falanges Juveniles de Franco), futuros militantes que "por sentir la inquietud de servir a España, aceptan voluntariamente la disciplina y el modo de ser falangista"10, y encuadrados, forzosamente adheridos a la organizacion juvenil y subdivididos según su actividad, en escolares y aprendices. Su formación abriría a Falange las puertas de escuelas e institutos. Lejos de afianzar un espíritu nacional fuerte, de implantar sólidamente en las maneras de la juventud española de posguerra el modo de ser falangista, la evolución de los acontecimientos fuera de las fronteras españolas, extramuros, erosionó rápidamente la capacidad de incisión adoctrinadora del nacional-sindicalismo, relegando "la idea de una escuela azul, hondamente falangizada, educadora del ímpetu" a la atonía política, la desmovilización, "la sumisión, el respeto, la obediencia pasiva a toda clase de autoridad"11, más acorde con las necesidades del régimen y con la tradición y demostradas propiedades opiáceas del discurso eclesiástico. La falta de operatividad de la estructura educativa falangista fue expresamente alentada desde el sillón ministerial, feudo católico, que limitó sus recursos y cercenó conscientemente su potencial influencia social. Las ya de por sí escasas horas dedicadas a la formación política y cívica, de obligado cumplimiento en escuelas e institutos, no gozaron de un programa definido hasta finales de 1943-1944 y su concreción, confiada en un principio a instructores del Frente, quedó frecuentemente relegada a manos del profesorado, que redujo, ritualizó y distorsionó su contenido. "Nada de emblemas, de simbolismos políticos, de decoración seudorevolucionaria, elementos ambientales que bien pudieran haberse instaurado en la España de la posguerra. (...) La patina propiamente falangista, al menos en un colegio religioso de la Barcelona de 1945, era sólo eso, patina. Un monitor, instructor, o lo que sea, pronunciaba, eso sí, al finalizar los recreos, los gritos (!) de ritual: aquello de por el Imperio hacia Dios, etcétera. Pero eso era todo. Yo no recuerdo, por ejemplo, una sola clase de Formación Política, teóricamente obligatoria, si no me equivoco. El monitor o lo que sea, con sus gritos (!) de ritual, cubría, con toda probabilidad, el expediente"12. Al incumplimiento de la legislación por los centros religiosos se sumó la estratégica intrusión eclesiástica en las organizaciones falangistas como valedora de la ortodoxia católica, asesora religiosa, caballo de Troya sólidamente asentado en el incontestable principio de consustancialidad entre catolicidad y Patria, que distinguía el fascismo español del exotismo de las experiencias centroeuropeas y abría las puertas a la "fagocitación ideológica de Falange en la sustancia católica más integrista"13. La recristianización alcanzaba así al propio Partido, cuyo talón de Aquiles -"después de Dios, lo primero es la Patria"-14 quedaba al descubierto y atraía la mirada de los sectores católicos. La capacidad de actuación de Falange en el ámbito docente quedaba seriamente mutilada, y la actuación del Frente de Juventudes, especialmente tras la victoria aliada, más concentrada en la "distribución del ocio y del tiempo libre de los jóvenes" que en la "movilización política e ideológica conforme a las pautas falangistas"15. Bajo el ministerio de Sainz Rodríguez e Ibáñez Martín, el reestructurado sistema de enseñanza español afirmaba su consciente rechazo a la experiencia educativa de los regímenes fascistas (estatalización de la educación, subordinación de la enseñanza religiosa a la política). La voluntad de evitar conflictos con la Iglesia y el propio carácter ideológico del franquismo, vertebrado entorno al catolicismo como elemento de identidad nacional, precipitó el proceso de catolización de la escuela estatal y la privatización, en manos clericales, de la enseñanza media. La inicial fascinación que la Alemania nazi despertó en la España azul de posguerra, fácilmente rastreable en las páginas de los primeros números de la Revista Nacional de Educación16, conoció su cenit hacia 1942, año de inflexión en las ya restringidas aspiraciones falangistas en el ámbito educativo. La Iglesia, que libraba su propia guerra santa contra exóticas y extranjerizantes influencias europeas, salía victoriosa. La religiosidad impregnaba de nuevo el sistema educativo y hasta el más pequeño gesto de la sociedad española de los cuarenta; insalvable lastre cultural que tiznó la juventud y la madurez de los niños de la posguerra, si bien hoy los aspectos rituales, más visibles, han caído en el olvido y "la mayoría andan por la vida perdidos de la gracia, y quizá ni siquiera recuerdan los hermosos cánticos de los primeros domingos de mes, con comunión por la mañana y procesión dentro del claustro, por la tarde"17. 2. De la connivencia entre Sección Femenina y los postulados eclesiásticos. Repercusiones políticas del innato carácter piadoso de la mujer española. Dentro de Falange, la Sección Femenina reproducía a escala las pautas de comportamiento del denominado sexo débil. La transmisión de principios ideológicos mediante el ejemplo, acorde con la callada y discreta actuación que se le reservaba a la mujer, teñía la organización de un marcado carácter religioso, específicamente femenino, pues Dios parecía haberle concedido a la mujer, y por extensión a la organización falangista, "tal vez como compensación de su natural flaqueza, una feliz propensión a la fe y la piedad."18. Desde las páginas de algunas publicaciones de la organización se explicitaba la supeditación del ideal nacional-sindicalista a los principios católicos, y se defendía el derecho natural de la Iglesia a "la educación de la infancia por su maternidad espiritual"19. La Sección Femenina asimilaba un discurso eclesiástico al que apenas interpondría matices, si bien declamaba en un tono menos moralista y más patriótico la improrrogable urgencia en la construcción de una nueva mujer sobre los viejos y tradicionales moldes que le facilitaba la Iglesia. Vellocino de oro de las esperanzas falangistas, la escuela ofrecía, en palabras de la Delegada Nacional de la Sección Femenina, firmes posibilidades de adoctrinamiento, pues "cogiéndolas como nosotros las cogemos, en una edad amoldable, es muy poco lo que se pierde"20. La temprana supresión de la coeducación, práctica contraria a la moral y las buenas costumbres, que "ridiculizaba las labores y ocupaciones propias de la mujer"21, trazó la vía de incidencia de la Sección Femenina en el sistema educativo español. Al finalizar la contienda se le atribuía en régimen de monopolio la formación política de la mujer, a la que se dedicaría con celoso esmero, "sin perder ni un minuto, ni una hora, ni un día en esta complicada misión de enseñar, que de toda esta prisa -insistía Pilar Primo de Rivera- necesita la Patria para que ni una sola mujer se escape de nuestra influencia y para que todas ellas sepan después y en cualquier circunstancia reaccionar según nuestro entendimiento falangista de la vida y de la historia"22, en definitiva, para "incorporar al servicio activo de la patria a todas las mujeres españolas"23. Con este afán, disponía de una extensa estructura organizativa, supeditada a las jerarquías falangistas masculinas e inspirada a menudo en las realizaciones alemanas24, que abarcaba minuciosamente los posibles ámbitos de actuación de la mujer y estaba vertebrada por un férreo centralismo. De Pilar Primo de Rivera dependían directamente las Delegadas Provinciales, responsables "de transmitir a las Falanges locales de su provincia las decisiones de la Jefatura Nacional, velando por el exacto cumplimiento de las mismas"25, sin dar cabida, pues, a interpretación alguna o a modificaciones sobre al terreno. A las afiliadas restaba un abnegado servicio, activo hasta los 35 años y algo más relajado a partir de esa edad y a medida que arreciaban las exigencias cotidianas de su maternidad. La constante renovación de la organización femenina había de ser fuente de eterna juventud, garantía de perpetuidad de los principios nacional-sindicalistas, de ahí que la organización priorizara su atención en los potenciales herederos ideológicos de José Antonio. En diciembre de 1940, la constitución del Frente de Juventudes -satisfacción de las ambiciones falangistas en el ámbito docente- absorbía la antigua Regiduría Central Femenina. Cinco años más tarde, las Juventudes se reintegrarían a la Sección Femenina, atendiendo a la necesidad, tantas veces esgrimida desde las filas de la organización, de una formación continuada, religiosa, política y doméstica de las mujeres españolas. A través de las Tardes de Enseñanza, impuestas en 1944 en aquellos colegios con más de diez afiliadas, las niñas políticamente más conscientes, adheridas al Frente por propia voluntad, recambio generacional de los mandos falangistas, profundizaban en sus ritualizados conocimientos sobre nacional-sindicalismo y religión. Pero las ambiciones falangistas en la enseñanza tenían horizontes más amplios. El Frente de Juventudes, como "organización en que cupiesen todos los jóvenes españoles -de niños a hombres- estuviesen donde estuviesen e hiciesen lo que hiciesen"26, encuadraba a todas las escolares, iniciándolas en sus funciones como futuras reinas de la casa. En octubre de 1941, se establecía la obligación de impartir las asignaturas de educación física y política y se unificaban las asignaturas domésticas, tanto en las escuelas primarias como en las secundarias, bajo el título general de Hogar, que incluía nociones de Economía Doméstica, Labores, Corte, Zurcido, Trabajos Manuales, Cocina y Música. Pese a su escasa trascendencia práctica, que la convertía en un "catálogo obsoleto de obviedades domésticas y de normas para comportarse con elegancia en los compromisos sociales"27, aseguraba a la organización falangista una presencia constante en la escuela. La Sección Femenina, que se procuró también el encuadramiento del profesorado, no tuvo competidor ni crítico en los aspectos estrictamente vinculados al ámbito educativo por el profundo fervor religioso de que impregnó su discurso, y por la inexistencia de discrepancias apreciables con la función que la Iglesia reservaba a la mujer. Sin embargo, fuera del estrecho marco escolar, el influjo eclesiástico encontró vías alternativas para reforzar su presencia. La densa catolización de la sociedad española de posguerra, y el apremio de la Iglesia por mantener organizaciones juveniles propias, impulsó el desarrollo de un asociacionismo católico que tuvo en Acción Católica Femenina su réplica a la organización estatal. De vocación selectiva y estructurada entorno a la parroquia, atendiendo a las especificidades locales, canalizó su actividad en manifestaciones públicas desligadas de la acción puramente educativo-escolar pero de enorme incidencia en las pautas sociales de conducta de la mujer. Pese a la ramificada estructura de Sección Femenina y su potencial capacidad de incidencia en el aparato educativo, la inculcación entre las jovencitas del modelo de mujer ideal que enarboló el franquismo vendrá de la mano de la organización católica. La connivencia entre ambas organizaciones condicionó sobremanera las actitudes de la mujer española de los años cuarenta, sin que las latentes fricciones competenciales tuvieran más repercusión que continuas referencias a las bondades de la educación física en publicaciones falangistas, y una exacerbada preocupación por sus consecuencias morales entre los sectores católicos más integristas, siempre al acecho ante la menor transgresión del pudor y la femineidad de la mujer española. El discurso establecido por las denominadas lecturas edificantes de posguerra, reconocía en la psicología femenina un peligro para la práctica del deporte, fundamentado en la incapacidad de la mujer para "una actividad cerebral deportiva que requiere una atención sostenida"28, pero al tiempo la alentaba a mantenerse en forma trabajando en las cosas de la casa, y alegaba, cínicamente, que a la mujer, "más sensible a las excitaciones nerviosas, menos resistente a la fatiga, su constitución le prohíbe ir hasta el límite del esfuerzo"29. A las sospechas levantadas entre los sectores católicos, la Sección Femenina oponía las propiedades inhibidoras que el esfuerzo físico ejercía sobre la desidia, robusteciendo la voluntad y alejando oscuras fantasías. "La joven que diariamente haga trabajar su espíritu y su cuerpo- interfería en esta línea Fray Justo Pérez de Urbel, asesor religioso de la organización- no se verá expuesta a tantas tentaciones de frivolidad, de inconsciencia, de pecado, como la comodona y la perezosa"30. Sin embargo, se hacían perdonar tal rebeldía, alertando, en una prudente maniobra de aproximación a los postulados eclesiásticos, de los peligros de un exceso de celo en la práctica deportiva, pues "su empleo exagerado e irrazonable es uno de los elementos de la civilización actual que más se opone al normal desenvolvimiento de la plenitud de la mujer"31.Los escasos síntomas de disensión entre ambas organizaciones, artífices de un modelo de mujer celosamente dedicada a la maternidad y a la familia, baluarte de tradiciones, valores y dogmas, muro de contención de los pasionales arrebatos masculinos, máxima expresión de piedad y de pureza, dejaba a las jóvenes de posguerra escaso margen de elección, pues "el trasfondo ideológico de la una y de la otra era compartido de forma homogénea por la supeditación del mensaje falangista al católico"32. El triunfo nacional repescaba a la mujer de siempre, cubriéndola de un barniz de sana modernidad. A la española no le quedaba más que acatar abnegada, calladamente. 3. El ideal femenino. Hacia la Modernidad. "La mujer, por poco tiempo que asista a la Escuela (...) deberá recibir ideas claras y breves acerca de la existencia de Dios"33, una concienzuda preparación doméstica, y una formación nacional fundada en su afectada propensión al sentimentalismo, pues "ha de poder responder a cuanto pida una familia cristiana y española"34. A la negación de la capacidad intelectiva de la mujer, que sostuvieron encarnizadamente los sectores afines al régimen, instigadores de su destierro a niveles primarios de formación, le acompañaba un desmedido interés por una enseñanza específicamente femenina, acorde al papel que por decisión de la madre Naturaleza, le tocaba desempeñar en la vida. Los intentos del régimen por "encauzar la corriente de estudiantes, tratándolas de apartar de la pedantería feminista de bachilleras y universitarias"35, irradiaban un hiriente practicismo. Los quehaceres domésticos en que se ejercitaba la niña desde sus primeros años dejaban poco espacio a actividades alternativas, por lo que desde las páginas de Consigna se recomendó a las maestras "no perder el tiempo, ya de suyo breve, de que disponemos para su formación"36. Al fin y al cabo, las tareas del hogar eran estímulo suficiente al desarrollo de las potenciales capacidades de la mujer española, ya que, por sí solas, "la dirección de la casa, la limpieza del piso, y las responsabilidades maternales desarrolla hasta su más alto grado el espíritu de iniciativa, de organización y todas las cualidades intelectuales de la mujer"37.Los contenidos educativos, teleológicamente establecidos, decididos al antojo del destino cierto de la española de posguerra, rechazaban los excesos intelectuales, poco femeninos, y esbozaban una mujer tipo, abnegada, sufrida y ensalzada en su maternidad por un régimen enfrascado en hacer tabla rasa de los tímidos intentos republicanos por conceder a la mujer, si más no, el beneficio de la duda. "La mujer es, ante todo, madre"38. La maternidad "es el desarrollo normal de la mujer"39, "una necesidad fisiológica de la naturaleza femenina"40 que "encierra la esencia de la feminidad. Todo cuanto perjudica a la psicología femenina, todo cuanto bastardea su sexo, lo hombruno, lo amuchachado, -profetizaban algunas lecturas edificantes de posguerra- desvía de la maternidad o la mancha con imperfecciones y lacras"41. El más mínimo síntoma de virilidad presuponía una amenaza a la maternidad, ponía en entredicho la regeneración nacional y auguraba a la mujer apocalípticos desarreglos psíquicos y fisiológicos, pues, "sin hijos la mujer es un cuerpo incompleto, un alma insatisfecha, ya que es precisamente por las alegrías del amor, de la maternidad y de la familia como la mujer realiza su espléndido destino"42. Rizando el rizo, la mujer mujer de posguerra no debía excederse en su femineidad. El Dr. José Botella Lluisá, respaldado en su rigor científico, sentencia, en un funambulesco giro lingüístico, como la mujer, tras el logro de su feminidad, "se hace un poco menos femenina", ya que "una mujer exageradamentefemenina, exaltada en todo su éxito de mujer, no será una buena madre. A veces ni siquiera llegará a serlo"43. Pese a la aparente, paradójica complejidad del discurso oficial, enzarzado en una retórica dialéctica entorno a los conceptos de feminidad y hombría, el mensaje, que concretaba la tradicional apuesta de la Iglesia por la maternidad, no daba pie a confusiones: como elemento de identidad femenino, la maternidad culminaba el desarrollo personal de la mujer, que "en pago de su esfuerzo reproductivo, debería verse libre del áspero contacto con el mundo exterior. Debería vivir defendida por el hombre en el microcosmos que es la familia"44. El matrimonio institucionalizaba una estricta división sexual del trabajo, adjudicando a la mujer despóticos poderes en la intimidad del hogar y el importante cometido de ayudar al hombre en su cotidiana misión directora, ser "el principal aliciente espiritual para su marido"45. "El hombre es fundamentalmente creador de valores económicos, y la mujer es el centro del hogar, su jefe, su inspector y su realizador"46, insistían las chicas de Pilar Primo de Rivera en un logrado intento por emular los postulados eclesiásticos. "En el concepto cristiano del hogar, -sentenciaban algunas lecturas edificantes- la mujer es esencialmente la esposa y la madre que gobierna la casa, atiende al marido y educa a los hijos; el hombre es el obrero de la familia, el que le ha de proporcionar lo necesario para su sustento y desarrollo, dentro de las exigencias de su clase social"47. El régimen, a través de la institución matrimonial, cerraba a cal y canto, entre cuatro paredes, a la recién casada. La supuesta fragilidad de los corazones femeninos, su etérea voluntad, extremadamente sensible a impresiones sensoriales, colisionaban con el papel que se le otorgó como baluarte de la moral y de las tradiciones, muro de contención de los arrebatos pasionales masculinos y transmisora ideológica de excepción, pilar de un régimen que vio en ella un eficaz instrumento de propaganda, garantía de estabilidad y perpetuidad política. Junto a la escuela y los diversos medios de entretenimiento, la mujer revelaba su potencial adoctrinador, -"porque los hijos serán como quieran las madres que sean"48-, despertando un meticuloso interés estatal por su educación en los principios morales oficialmente estipulados, pues la mujer, "dando a conocer a los suyos la fuerza y el valor que dan la fe y el amor a la patria, forjando almas templadas que no desfallezcan nunca en el duro luchar de la vida"49, cumplía una función adoctrinadora de primera índole. Sin embargo, en esencia, sin someterse a una esmerada educación moral, la mujer era reducto de todos los males, caja de Pandora, aliento de tentaciones en la más pura línea argumental de la institución eclesiástica, que la sometió a sospecha como heredera moral de la bíblica Eva, motivo de perdición e incitadora de transgresiones. Dada su extremada susceptibilidad habría que mantener a la joven alejada de tentaciones, palabra que se aplicó indiscriminadamente a cualquier espacio de ocio o expansión. La lectura de novelas, "confeccionadas con retazos de adulterios, de aventuras pasionales, de intrigas sensuales, de evoluciones de amor libre"50, el baile, "vestíbulo de las casas públicas"51, la playa, "inmenso pudridero moral, donde entre montones de carnaza se revuelven los sapos de la sociedad"52, y el cine, máximo exponente de corrupción, concentraron los instigadores esfuerzos de la Iglesia, que se irguió en mecenas de la castidad y la pureza, oscuramente preocupada por la integridad psíquica de la mujer, pues, argumentaba, esos "perjuicios, esas ilusiones dañan sobre todo a la psicología femenina, que es demasiado impresionable, que tiene demasiada imaginación"53. Como revulsivo a tan pecaminoso ambiente y en aras de garantizar el correcto funcionamiento de la mujer como instrumento adoctrinador, desde el púlpito y desde instancias estatales, se le exigió sacrificio, entereza, templanza y capacidad de represión sobre su desbocada imaginación. "La educación de la voluntad será una de las principales preocupaciones de la mujer, puesto que mucha necesita. (...) el ama de casa estará siempre sobre sí, dominándose para ceder con acierto e imponerse con agrado"54. Graciosamente abnegada, sumisa y silenciosa, el ideal de mujer que el régimen recuperó hincaba sus raíces en la España Moderna de la Inquisición y del Imperio, cuando Fray Luis de León, en su Perfecta casada -lectura recomendada a toda aspirante al matrimonio-, escribía que "así como a la mujer buena y honesta la naturaleza no la hizo para el estudio de las ciencias ni para los negocios de dificultades, sino para un solo oficio simple y doméstico, así les limitó el entender, y por consiguiente les tasó las palabras y las razones"55. "Las mujeres -recordaba cuatro siglos más tarde, ante el I Consejo Nacional del SEM, Pilar Primo de Rivera- nunca descubren nada; les falta, desde luego el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles"56. La tan contrastada inferioridad intelectual femenina justificaba su desplazada posición en la jerarquía social y familiar, que lejos de incomodarla, parecía brindarle la codiciada oportunidad de demostrar su natural disposición al sacrificio y la abnegación, porque, "simplemente servir, prestar servicio, es siempre agradable a toda naturaleza femenina"57. Al fin y al cabo, la abnegación, "virtud agradable a Dios; (...) cualidad necesaria al falangista"58, era un mal menor, una salida casi epicúrea para la mujer, pues, auguraba Enciso Viana, autor edificante, "la que no soporta un mal genio o una cara hosca, o una contestación desabrida, la tenaz en sostener su punto de vista, está condenada a sufrir mucho"59. A la abnegada esposa se la privaba incluso del derecho de pataleta. Reina de la casa, delegaba su cetro ante la presencia marital, "aceptando de grado el ceder"60, reuniendo la "bastante abnegación para no tener en cuenta sus ligeras molestias, a fin de satisfacer el deseo de su marido"61, porque "en un matrimonio normal siempre será la mujer la que tenga que hacer más concesiones"62. No le quedaba más que acatar o imponer calladamente sus convicciones, con disimulo, insistía convincente Enciso Viana, pues, "la mujer convence al hombre callando y le vence cediendo; que no influye en él atacándole de frente, sino de costado, por medio del corazón"63. A fin de educar su voluntad en estos menesteres, se publicaron gran número de lecturas orientativas, y en el Bachillerato se concedió especial atención al estudio de pautas de comportamiento, estrictas normas de educación, destinadas a ejercitar el dominio de las jóvenes sobre sí mismas, la represión de sus anhelos. Rehuyendo las pasiones incontroladas, la educación buscó imponer en las mujeres un cierto hieratismo sentimental, el gusto por la atonía, o dicho de otra manera, la pasión por la rutina que, organizada en tablas de actividad para la limpieza del hogar64, imprimía ritmo al quehacer cotidiano. Frente al heroísmo varonil que ensalzaba Falange, el discurso dirigido a la mujer defendía la mediocridad, el anonimato, un femenino pasar desapercibido. Toda mujer debía aspirar "más que a morir heroicamente, a vivir heroicamente", "porque su temperamento soporta mejor la constante abnegación de todos los días que el hecho extraordinario"65. 4. La educación
a través del ejemplo. De la transgresión del propio discurso
por las militantes de Sección Femenina.
El franquismo de posguerra revistió su misógino discurso de tonos redentores. Tabla de salvación de la feminidad, se desvivió por reconducir a la mujer hacia el hogar, por encaminarla hacia su irrevocable función vital, la maternidad física e ideológicamente entendida, pues, escribía en 1935 José Antonio Primo de Rivera, "no entendemos que la manera de respetar a la mujer consista en sustraerla a su magnífico destino y entregarla a funciones varoniles. (...) El verdadero feminismo no debiera consistir en querer para las mujeres las funciones que hoy se estiman superiores, sino en rodear cada vez de mayor dignidad humana y social las funciones femeninas"66. Se atribuía al cristianismo la dignificación de la mujer, y a la maternidad, su plena realización como tal, pues "cuando la mujer iguala o supera al hombre en grandeza y en significado humano, no es precisamente cuando le imita, sino cuando más se diferencia de él (...) cuando se hace madre"67. Sin embargo, en las filas de la Sección Femenina, este propagado patrón de mujer se incumplió constante y concienzudamente. Las chicas de Pilar, como se las denominaba despectivamente, se hicieron con un sólido espacio en los mecanismos de participación pública del régimen, avaladas precisamente por la ineludibilidad de su condición, pues "el acoplamiento de la mujer dentro del Partido (...) debe de hacerse tomando como unidad su condición de mujer y como cosa secundaria su profesión, trabajo, etc., ya que por muy obrera, por muy estudiante y por muy maestra que sea, principalmente lo que es, es mujer"68. Su vocacional celo para con la tarea que se les encomendó las alejó de obligaciones domésticas, las llevó a "renunciar, no sin lucha en algún caso, a las posibilidades que la vida no dejó de ofrecerle como mujer"69. Carmen Werner, confesaba como estudiante a la revista Medina que "hubiera querido tropezar con la felicidad en forma de matrimonio, a los dos años de salir del Colegio"70, y desde las páginas de Consigna se reconocía resignadamente como, en plena asunción de sus responsabilidades hacia Falange, "han renunciado muchas camaradas a la vida y en algunos casos hasta al amor, que es lo más difícil de renunciar"71. El discurso, que relegaba a la mujer de toda actividad pública -"las mujeres no tenemos que dirigir la política, aunque si tenemos que vivirla y que conocerla para transmitirla a las generaciones venideras"72-, se mantendría incólume y se revelaría como un eficaz ardid contra el rechazo crítico de algunos sectores. "No podemos afirmar que la mujer carezca de dotes directivas, -defendían desde las páginas de Consigna- pero sí podemos manifestar que al hombre le agrada más que no las exhiba"73, y "¿A qué tratar de deslumbrarlos con nuestros improvisados éxitos en el trabajo, si sabemos que ofendemos su criterio y su tradición de superioridad?"74. A sabiendas de que "por muy legítima que haya sido la intervención femenina en la acción política e histórica, ha tenido que usar de toda su gracia femenina para hacérselo perdonar de los hombres"75, y con el fin de diluir las infundadas sospechas que levantó la actuación de los mandos de Sección Femenina, llevaron a cabo una pública campaña de descrédito, maniobra de supervivencia política, contra sus propias filas. Reafirmaron públicamente su convicción en la inferioridad natural de la mujer y proclamaron su absoluta sumisión al varón; y a este llover sobre mojado, acompañaron permanentes intentos de minimizar su presencia, conscientes de la transgresión del discurso que, con su propia actuación, cometían. "Disimulemos o disminuyamos nuestra presencia física en el trabajo. Seamos hormiguitas y hormiguitas graciosas y amables. Envolvamos en feminidad nuestras formas de trabajo, nuestro uniforme, nuestro andar, nuestra propaganda", pues, "cada uno tiene su manera de servir dentro de la Falange, y lo propio de la Sección Femenina es el servicio en silencio, la labor abnegada, sin prestancia exterior, pero profunda. Como es el temperamento de las mujeres: abnegación y silencio"76. Pese al despliegue organizativo de la Sección Femenina, que acogió y formó a un elevado porcentaje de las mujeres españolas, su capacidad de influencia quedó significativamente mermada por el escaso atractivo que despertó entre la población. El obligado cumplimiento del Servicio Social haría poco populares a unas mujeres cuya imagen, además, transgredía el ideal de la femineidad que el régimen se esforzaba en imponer. La ambición de las jóvenes de los años cuarenta, bien interiorizado el discurso sobre la natural predisposición de la mujer al matrimonio, "era conocer a chicos para poder casarnos. (...) -atestigua M. Encarna Nicolás Marín- no queríamos quedarnos solteras como nuestras cincuentonas jefas, aunque ellas tuvieran autonomía económica. (...) El confinamiento de la mujer al hogar se mostraba más deseable que ser independiente, liberada, como la militante de Sección o de cualquier otra organización"77. La Iglesia, por su tradicional penetración social, una estructura
participativa de base parroquial, más flexible y cercana a las vivencias
de una población fiel y profundamente católica, así
como por la práctica inexistencia de alternativa, dada la profunda
catolicidad que impregnaba el discurso de la Sección Femenina, cultivó
mayores éxitos. La organización falangista, con una estructura
extensa y aparatosa, poco dinámica, no superó el descalabro
de la II Guerra Mundial, resintiéndose, a partir de 1945, de una
constante sangría en sus filas, mientras la organización
católica se hacía con el control de la mayor parte de los
sectores juveniles. Pasados los primeros años de la posguerra, en
que canalizó el apoyo, la adhesión al régimen de una
población hambrienta, atemorizada, y pese a la potencial capacidad
adoctrinadora que la obligatoriedad del Servicio Social le brindaría,
fue languideciendo lenta y progresivamente. Marchito su inicial atractivo,
sobreviviría como pesada carga a soportar por una mujer que iba
desprendiéndose de su “innato” lastre a medida que el crecimiento
económico le exigía nuevas tareas y responsabilidades.
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Se ganó incluso la calificación de Monasterio de Educación Nacional, con que llegó a motejársele. 5 CARANDELL, José María, “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”, en Cuadernos de pedagogía, suplemento 3, 9-1976, p. 31. 6 UMBRAL, Francisco, Memorias de un niño de derechas, p. 51. 7 Según datos facilitados por CÁMARA VILLAR, Gregorio, Ob. cit., p. 240. 8 “Los veintiséis puntos de Falange”, en Consigna, nº 20, 9-1942, pp. 6-7. 9Consigna, nº 63, 4-1946, p. 137. 10Consigna, nº 66, 7-1946, p. 67. 11 CÁMARA VILLAR, Gregorio, Ob. cit., p. 249. 12 GOYTISOLO, Luis, “Un recuerdo triste”, en Cuadernos de Pedagogía, suplemento 3, 9-1976, p. 45. 13 CÁMARA VILLAR, Gregorio, Ob. cit., p. 130. 14 Consigna, nº 41, 6-1944, p. 21. 15 CÁMARA VILLAR, Gregorio, Ob. cit., p. 237. 16 Además de los estudios aproximativos al sistema educativo del régimen nazi, aparecidos en los primeros números de la Revista Nacional de Educación, habría que considerar las visitas e intercambios entre Sección Femenina y las Organizaciones Femeninas Hitlerianas, así como la presencia en las bibliotecas universitarias de Barcelona de libros de pedagogos nazis (el Nationalpolitische Erziehung, de Ernst, en una edición de 1933) o de revistas afines, como Die Erziehung, recibida durante los años treinta. 17 UMBRAL, Francisco, Ob. cit., p. 55. 18 ESTEVE BLANES, Francisco, “Hacia tu ideal. Unas palabras a una joven”, citado en ROCA I GIRONA, Jordi, De la pureza a la maternidad. La construcción del género femenino en la postguerra española, p. 146. 19 BOHIGAS, Francisca, “La educación, ¿a quién corresponde?”, en Consigna, nº 34, 11-1943, p. 23. 20 “Discurso de Pilar Primo de Rivera en el IX Consejo Nacional de la Sección Femenina”, en Consigna, nº 50, 3-1945, p. 11. 21 RECAS DE CALVET, Teresa, Enseñanzas del Hogar, p. 28. 22“Discurso de Pilar Primo de Rivera en el VIII Consejo Nacional de la Sección Femenina”, en Consigna, nº 38, 3-1944, p. 29. 23 Consigna, nº 39, 4-1944, p. 44. 24 La implantación de las Escuelas de Hogar, en 1941, las Cátedras Ambulantes, que tardaron más en llegar, los campamentos femeninos infantiles, o incluso la Escuela Nacional de Instructoras Juveniles, tuvieron una clara inspiración nazi, fruto de las frecuentes expediciones de la Sección Femenina Alemania hasta aproximadamente 1943, según refiere PASTOR I HOMS, Immaculada, La educación femenina en la postguerra, 1939-1945. El caso de Mallorca, Madrid, 1984. 25 Consigna, nº 49, 2-1945, p. 14. 26 Consigna, nº 40, 5-1944, p. 30. 27 SÁNCHEZ LÓPEZ, Rosario, Mujer española, una sombra de destino en lo universal. Trayectoria histórica de la Sección Femenina de Falange (1934-1977), p. 28. 28 RECAS DE CALVET, Teresa, Enseñanzas del Hogar, p. 278. 29 CARNOT, Edith, El libro de la joven, p. 45. 30 PÉREZ DE URBEL, Fray Justo, “En el VII Consejo Nacional de la Sección Femenina celebrado en Santiago de Compostela”, en Consigna, nº 27, 4-1943, p. 23. 31 BOTELLA LLUISÁ, José, “Peligros de la civilización moderna para la biología de la mujer”, en Consigna, nº 27, 4-1943, p. 45. 32 ROCA I GIRONA, Jordi, De la pureza a la maternidad. La construcción del género femenino en la postguerra española, p. 132. 33BOHIGAS, Francisca, “La educación de la mujer”, en Consigna, nº 29, 6-1943, p. 21. 35 Palabras de José Pemartín, Director de Enseñanza Media y Superior (1940), citadas por BENERÍA, Lourdes, “Mujer, economía y patriarcado durante la España franquista”, Barcelona, Anagrama, 1977, p. 27, en ROCA I GIRONA, Jordi, Ob. cit., p. 78. 36 BOHIGAS, Francisca, Ob. cit., p. 22. 37 CARNOT, Edith, Ob. Cit., p. 145. 38 BOTELLA LLUISÁ, José, “Peligros de la civilización moderna para la biología de la mujer”, en Consigna, nº 27, 4-1943, p. 44. 39 CARNOT, Edith, Ob. cit., p. 30. 41ENCISO VIANA, Emilio, ¡Muchacha!, p. 236. En este sentido se pronunciaron numerosos autores y pedagogos, incluso en épocas posteriores. A título de ejemplo, recogemos un fragmento de la “Pedagogía familiar” de Juan Ametller Portella, publicada en 1968, y recogida en VV.AA., Textos para la historia de las mujeres en España, p. 387: “A las hembras hay que cuidarlas con el mismo esmero y cuidado que a los varones, no empantalonarlas, no permitir que jueguen al estilo varón, ni juegos propios de varones, reprimir todo gesto, todo ademán, toda actitud propia del hombre, no tolerarle malas crianzas, como responder varonilmente o con altivez a una reprimenda o advertencia dada. (...) Fuera de la casa o dentro de ella, hay que evitar que hable recio y en forma imperativa a los hermanos varones, así sean ellos más pequeños; debe evitar también toda hembra juegos con trenes, torres, rompecabezas, juguetes de tipo eléctrico y guerra, ni pantalones, ni cigarrillos. Fiesta sí, libertinaje, no (...)”. 42 CARNOT, Edith, Ob. cit., p. 56. 43 BOTELLA LLUISÁ, José, “Peligros de la civilización moderna para la biología de la mujer” en Consigna, nº 27, 4-1943, p. 45. 44 BOTELLA LLUISÁ, “Esquema de la vida de la mujer”, Madrid, Espasa Calpe, 1975, p. 1777, citado en DE MIGUEL, Jesús M., El mito de la immaculada concepción, p. 30. 45RECAS DE CALVET, Teresa, Ob. cit., p. 43. En este mismo sentido se expresa también ENCISO VIANA, Emilio, Ob. cit.,: ¡Ayudar al hombre! Esa es la misión de la mujer. El hombre no se basta, es débil, encuentra dificultad para vivir, para sostenerse, para caminar por el sendero que Dios le ha dado; necesita una ayuda, y esa ayuda es la mujer”, p. 20. 46 BOHIGAS, Francisca, “Valor económico de la profesión femenina”, en Consigna, nº 56, 9-1945, p. 21. 47 ENCISO VIANA, Emilio, Ob. cit., p. 243. 48 Consigna, nº 52, 5-1945, p. 77. 49 RECAS DE CALVET, Teresa, Ob. cit., p. 36. 50 ENCISO VIANA, Emilio, Ob. cit., p. 164. 51 PAPIOL, Remigio, “La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús”, parte II, cap. IV, citado en ENCISO VIANA, Emilio, Ob. cit., p. 208. 53CARNOT, Edith, Ob. cit., p. 12. 54RECAS DE CALVET, Teresa, Ob. cit, p. 15. 55DE LEÓN, Fray Luis, La perfecta casada, edición de 1949, p. 145. 56PRIMO DE RIVERA, Pilar, “Discurso de la Delegada Nacional de la Sección femenina en el Primer Consejo Nacional del SEM”, en Consigna, nº 26, 3-1943, p. 23. 57WERNER, Carmen, Pequeñas reglas de convivencia social, p. 53. 58Consigna, nº 42, 7-1944, p. 6. 59ENCISO VIANA, Emilio, Ob. cit., p. 250. 60CARNOT, Edith, Ob. cit., p. 82. 63ENCISO VIANA, Emilio, Ob. cit., p. 250. 64Y. Revista para mujeres, también publicada por la Sección Femenina, se suceden las tablas orientativas para la organización de los quehaceres domésticos femeninos, diarios, semanales, anuales, teniendo siempre en cuenta la capacidad de trabajo del servicio, o sea, el número de sirvientes con que se cuente. 65SECCIÓN FEMENINA DE FET Y DE LA JONS, Enciclopedia elemental, pp.121-122. 66PRIMO DE RIVERA, José Antonio, “Obras completas. Tomo I, Discursos fundamentales y otros discursos de propaganda”, Madrid, FET y de las JONS, pp.179-183, citado en VV.AA., Textos para la historia de las mujeres en España, p. 430. 67BOTELLA LLUISÁ, José, “Peligros de la civilización moderna para la biología de la mujer”, en Consiga, nº 27, 4-1943, p. 47. 68PRIMO DE RIVERA, Pilar, “Discurso de la Delegada de la Sección Femenina en el primer Consesjo Nacional de la S.E.M.”, en Consigna, nº 26, 3-1943, p. 22. 69De la entrevista a Lula de Lara, Regidora central de Cultura y de Prensa y Propaganda de la Sección Femenina, y mujer de confianza de Pilar Primo de Rivera, en JIMÉNEZ, Encarnación, “La mujer en el franquismo. Doctrina y acción de la Sección Femenina”, en Tiempo de Historia, nº 83, 1981, p. 20. 70WERNER, Carmen, “Diario de una estudiante”, en Medina, 1-11-1942, citado en OTERO, Luis, La sección Femenina, p. 98. 71Consigna, nº 52, 5-1945, p. 77. 72PRIMO DE RIVERA, Pilar, “Discurso de Pilar Primo de Rivera en el X Consejo Nacional de la Sección Femenina”, en Consigna, nº 62, 3-1946, p. 51. 73BOHIGAS, Francisca, “II. Valor económico de la profesión femenina”, en Consigna, nº 57, 10-1945, p. 17. 74WERNER, Carmen, Pequeñas reglas de convivencia social, p, 61. 75WERNER, Carmen, Ob. Cit., p.60. 76“Consignas de Pilar. Manera de servir”, en Medina, 16-12-1945, citado en OTERO, Luis, La Sección Femenina, p. 38. 77SÁNCHEZ LÓPEZ, Rosario, Ob. cit., p. 12. Según el testimonio de la prologuista M. Encarna Nicolás Marín. |