HISTORIOGRAFIA


Moses I. Finley: Esclavitud antigua e ideología moderna. Un modelo de historia del esclavismo.

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El error, dicen, es la apariencia. Eso es falso. Por el contrario, la apariencia es siempre verdadera si nos atenemos a ella. La apariencia es el ser. Ese árbol que tomo por un hombre [en la noche] no es hombre en apariencia y árbol en realidad. En apariencia (es decir como aparición inmediata) es ese algo más oscuro surgido en la noche. Y eso es verdadero: es el surgimiento de un ser”.1

El esclavismo antiguo como objeto de estudio de la historiografía contemporánea ha sido definido, descrito o explicado adoptando -tal y como indica la frase de Sartre -diferentes “apariencias”. Son precisamente estas apariencias las que Finley (1912-1986) intenta explicar en el capítulo que da título al libro Esclavitud antigua e ideología moderna. La visión o apariencia que el historiador ha tenido sobre el esclavismo y la civilización antigua ha variado en función de unos condicionantes ideológicos que han arrastrado al discurso histórico al campo de la ideología, percibiendo el historiador, diferentes hombres del mismo árbol.

Finley nos advierte en su libro claramente las limitaciones del método histórico para transformar una realidad – en este caso el esclavismo- en una imagen representada para comprender o conocer. Así implícitamente Finley nos transmite la idea que el historiador – aquel que escribe la Historia – no se puede arrancar sus propios ojos para ver: no se puede anular el sujeto en ningún método de conocimiento porque siempre es alguien el que mira. 

En el libro, el historiador analiza la aparición de las sociedades esclavistas antiguas y cómo se transformaron en el largo proceso histórico a que dio lugar el feudalismo medieval, cómo funcionaba la esclavitud en la economía de los sistemas políticos de la Antigüedad, y cómo se la consideraba en los terrenos moral y social. Todo este análisis lo hace a partir de una historia de la Historia del esclavismo: cómo han enfocado la esclavitud antigua los historiadores modernos y por qué. El interés por la historiografía de Finley parte, por tanto, de la convicción de que un análisis acerca de la injerencia de intereses modernos en la esclavitud antigua es condición previa necesaria para el análisis de la institución esclavista como fenómeno histórico. 

El interés por el esclavismo como problema historiográfico empieza en este historiador norteamericano en el mismo proceso de su formación académica2 y explícitamente a partir de 1959. Sobre estas fechas la concepción de Finley del historiador como aquel que hace preguntas y plantea problemas3 se traduce en un artículo titulado “Was Greek civilisation based on slave labour?”4. Esta pregunta abriría un camino donde el historiador se interesaría no sólo por el esclavismo y su función dentro de una sociedad determinada, sino que mostraría su interés por los temas historiográficos que culminaría con el libro publicado en 1980 Esclavismo antiguo e ideología moderna. Finley de esta manera en el capítulo primero del libro se interesa por el análisis dinámico de la esclavitud en los textos históricos, no por la correción o defecto de los análisis históricos ni por las inconsistencia de los discursos. 

Su análisis de la “ideología moderna” se situa cronológicamente a partir del siglo XVIII básicamente en cinco espacios “académicos”: Francia, Inglaterra, Alemania, URSS y en menor medida Italia. Esta elección espacio/temporal no implicaría la conclusión inevitable de aquellos que afirman que el interés moderno por la esclavitud antigua comenzó en la Ilustración, el abolicionismo o el anticuarismo europeo decimonónico. Esta falsa afirmación partiría de suponer constantes en el binomio “interés-investigación” de acuerdo con la práctica decimonónica y del siglo XX de erudicción y monografismo académicos; hay que tener en cuenta sin embargo, que hay otros niveles de interés o que el monografismo investigador actual no es la única medida del interés. Por ejemplo, el interés por la esclavitud como tal durante toda la Antigüedad no fue histórico, sino contemporáneo de la misma manera que el interés por la esclavitud durante el siglo XVIII. 

Dentro del estudio de la “ideología moderna” respecto a la esclavitud antigua Finley distingue dos concepciones diferentes pero que se superponen muchas veces: por un lado las concepciones morales o espirituales del proceso histórico, y por otro las concepciones sociológicas. 

El enfoque ético-espiritual dominaba las polémicas sobre la esclavitud antigua desde principios del siglo XIX y casi monopolizaba la investigación (a excepción del llamado “anticuarismo neutral” y luego el positivismo). El clímax de esta concepción moral se da en 1847 con la aparición de la Histoire de l´esclavage dans l´antiquité de Henri Wallon. Para Wallon, la esclavitud era intrínsecamente inocua en el terreno ético y su efecto negativo sobre la población libre era asímismo moral: la esclavitud aniquilaba la ética del trabajo conduciendo al hombre libre, sobre todo al hombre pobre libre, a la pereza y al vicio. Por otro lado Wallon consideraba al cristianismo la panacea contra esta aberración a la igualdad humana. Inmerso en las polémicas contemporáneas por el fin del esclavismo en las colonias, este fundador de la Tercera República francesa proponía el abolicionismo y trasladaba al pasado sus convicciones morales:  “La reaparición de la esclavitud moderna ha sido un acto de violencia contra el evangelio”. Finley cree sin embargo que el hincapié en los valores morales ha llevado a una distorsión tanto del análisis de la esclavitud antigua como de los trabajos historiográficos sobre el mismo tema. 

Vemos como el abolicionismo del siglo XIX ejemplificado en la obra de Wallon condicionó a la hora de analizar el pasado greco-romano. Su influencia en el establecimiento de la moderna valoración religioso-moralista de la esclavitud ha sido para Finley peligrosa. La obra de este abolicionista con un discurso moral(ista) se basaba en la influencia negativa de la esclavitud en la sociedad y el papel salvífico del cristianismo en el proceso finiquitador del esclavismo. 

Por otra parte, el anti-wallonismo no reflejaría ningún alejamiento del enfoque ético-espiritual de la Historia, sino que sería producto de un cambio en los valores morales de los historiadores que acompañaron en el siglo XIX a Wallon; así las polémicas contra Wallon se insertarían también en un discurso moral. Si para Wallon no había defensa ninguna de un mal – la esclavitud – que violaba la esencia del cristianismo, para Heeren la esclavitud fue un mal pero justificable por las cotas supremas que alcanzó la civilización griega. 

Aparte de autores como Heeren o Westerman, Overbech – un teólogo radical amigo de Nietsche- de esta línea moralista consideraba que la esclavitud no pasaba de ser una parte de la ley general de la propiedad y del estado que el cristianismo aceptó. Esta afirmación sin embargo esconde no sólo la corrección de una falacia histórica que atribuye al cristianianismo el final del esclavismo, sino un posicionamiento ideológico claro: Overbech formula un poderoso argumento teológico a propósito de la naturaleza del cristianismo y que no se limita a corregir una falacia histórica. 

Tampoco los hombres de la Ilustración se salieron del discurso moral respecto a la esclavitud. Aunque la formación histórica era para ellos un arma esencial en su emancipación del dominio de la naturaleza y de la metafísica teológica, su interés por la historia fue exclusivamente como fuente de paradigmas, no como disciplina. El siglo XVIII francés e inglés estuvo profundamente marcado tanto por la esclavitud del Nuevo Mundo como por la servidumbre del viejo que trataban como si fuesen básicamente idénticas.

El anticuarismo por su parte con obras como las de Blair se mantenía firme en la tradición contraria a los “historiadores filósofos” del siglo XVIII: apuntaban a la verdad factual no a una interpretación de las causas o a un análisis de las consecuencias. 

El otro enfoque, que llamamos al principios “sociológico” empezaría con los llamados economistas primitivos. No quiere decir que en muchos de estos análisis no se puedan desprender discursos morales, pero la diferencia se encontraría en que si de las consecuencias se pueden desprender juicios morales, el análisis se desprendía de la cualidad apologética con argumentos como el “pecado original” o la “protección de los bárbaros cautivos ante la muerte”. Estos autores desde el siglo XVIII analizaron la riqueza, el trabajo, la producción o el comercio en términos económicos o sociales pero no abandonaron las categorías morales: casi todos condenaron la esclavitud aunque pocos eran abolicionistas y no todos pueden indentificarse con la Ilustración, pero, acercaron la polémica esclavista a un nexo institucional radicalmente nuevo. Para autores como B.Franklin, A. Smith o J. Millard el trabajo esclavizado era menos eficiente a causa de sus mayores costes que el trabajo libre. Los análisis economicistas de estos autores se enredaban también con las polémicas demográficas: si el mundo en la Antigüedad estaba más poblado que en el presente ¿qué efectos ,si los había, tenía en el crecimiento de la población el empleo de mano de obra esclava? 

El caso de David Hume también es importante señalarlo dentro de esta línea como una de las primeras investigaciones de la historia socio-económica antigua. Para él, la diferencia capital entre la economía doméstica de los antiguos y la de los modernos radicaba en la práctica de la esclavitud. La esclavitud no era sólo la más cruel y opresiva sujección civil, sino que además era desventajosa en términos generales tanto para la felicidad de los hombres como para la nación. 

La obra de Reitemeier como ensayo histórico es otra de las más importantes dentro del enfoque sociológico. Para él la universal igualdad humana era incompatible con la sociedad civil. Lo que había cambiado a lo largo de la historia no era el dominio o la subordinación sino la densidad de los vínculos entre ambos. El interés por la esclavitud antigua se encontraría en el hecho del lugar histórico que ocupa como la más antigua expresión de la relación dominio-subordinación en una sociedad civil. Con la forma de explicar la aparición de la esclavitud y sus ventajas e inconvenientes, Reitemeier en su obra se distancia tanto del anticuarismo como de la concepción moral de la esclavitud antigua. 

Dentro del enfoque sociológico hay que destacar a los seguidores de los economistas primitivos enmarcados en la ya sí Universidad moderna sobre todo en la llamada “erudición alemana”. A finales del siglo XVIII queda patente como lo que podemos llamar interés profesional por el mundo de la Antigüedad clásica se convirtió prácticamente en monopolio del personal universitario. Las excepciones las constituirían los continuadores de la tradición anticuaria. Estos sucesores de los economistas primitivos en el siglo XIX se caracterizan por preocuparse en primer lugar por la contemporaneidad, por su formación histórica (concebían la sociedad contemporánea como una etapa de la historia humana) y conocían a los clásicos, sus fuentes y su idioma. Lo nuevo en ellos sería el concepto de etapas (o períodos) en la historia de la sociedad, definido o determinado según estaba organizada la economía ( en términos de propiedad, producción y distribución). Esta concepción daba un papel más complejo a la esclavitud dentro de la sociedad antigua así como más protagonismo. 

A parte de los trabajos de Roscher, Finley hace hincapié dentro de esta línea a los trabajos de Marx. Los trabajos de Marx sobre capitalismo trataban de asentar las diferencias de éste con la Antigüedad en la existencia del trabajo asalariado, productor de mercancías y de valor de cambio, frente a la explotación del trabajo del esclavo. Aunque la mayoría de las alusiones contenidas en las obras de Marx sobre todo y Engels en menor medida son muy ambiguas y no hacen posible hablar de una definición del esclavismo como concepto identificable con la sociedad antigua, Finley analiza las generalizaciones y sus influencias posteriores derivadas de estos autores. En “Formaciones económicas precapitalistas” incluidas en los Grundisse (1857-8) se percibe como existen varias posibilidades de evolución a partir de la comunidad primitiva, aunque después en el Prefacio a la “Crítica de la economía política “ (1859) se podría sacar la impresión de que se produce una sucesión de modos de producción del asiático al esclavista. Por otra parte, la obra que contribuyó más a crear la imagen de la periodización marxista de la historia como sucesión de modos de producción en que se incluía el esclavismo a partir de la comunidad primitiva y como fase previa al feudalismo fue el Origen de la familia, la propiedad privada y el estado de Engels en 1884.

El esquema de Engels proporcionaba unas generalizaciones cómodas en el intento de vulgarización y divulgación del materialismo histórico. Esta obra consiguió por otro lado un impulso importante en el marxismo oficializado e institucionalizado de la URSS. En este marco, la Antigüedad se definía como una época en que predominaba de forma generalizada la esclavitud como modo de explotación del trabajo. 

Pero vayamos por partes: la ruptura de los antiguos seguidores de Marx que no habían ampliado su interés por la esclavitud antigua hasta finales del siglo XIX deja paso a partir del cambio de siglo a una nueva hornada de autores que influenciados por Marx se interesan por el esclavismo. En Italia se destaca a Ciccotti y Salvioli, y en Alemania a Bücher y Weber. 

Ciccotti fue el primer autor después de Reitemeier que analizó la institución esclavista como parte de un proceso histórico contínuo y complejo. El autor criticaba la concepción que afirmaba que el cristianismo había sido responsable del declive de la esclavitud antigua. Para él había que analizar la esclavitud antigua como un medio general e indispensable de producción y rastrear su papel cambiante: para analizar el declive de la esclavitud antigua era necesario estudiar toda su historia. 

Los otros tres autores aunque no fueron marxistas (a excepción de Salvioli) estuvieron influídos por Marx; ninguno escribió sobre la esclavitud antigua como tal pero incorporaron la esclavitud a sus enfoques y conclusiones. 

Bücher insistió que fue la esclavitud lo que posibilitó la forma más evolucionada de economía doméstica en la antigüedad greco-romana. Salvioli por su parte bajo el influjo de Marx consideró a los esclavos romanos tal vez como la primera mercancía que se compraba y vendía con el solo fin del beneficio. A diferencia de Ciccotti afirmaba que no había habido una competencia significativa entre el trabajo libre/esclavo, y que por tanto, no había existido un proletariado autentico. Por último Max Weber afirmaba a la sociedad antigua como una civilización esclavista; en el trabajo no libre el “progreso” se alcanzó en virtud de la progresiva acumulación de hombres. Según Weber cuantos más esclavos o coloni mayores las especializaciones posibles de las ocupaciones no libres; el progreso dependería de esta manera de la división progresiva del trabajo, y el trabajo libre se identificaría con la progresiva expansión del mercado. 

Por otro lado, el círculo universitario alemán de la generación que siguió a Mommsen se personificó en Eduard Meyer. Para él el estado era el organismo decisivo en la historia, y los intentos modernos por trasladar el centro de gravedad a la historia cultural y económica se venían abajo a la vista de los hechos. Otro de sus hilos argumentales era su deseo de rescatar el estudio de la Antigüedad tanto de la idealización ético-moral de principios de siglo XIX como del anticuarismo de la segunda mitad; por último Meyer rechazaba de forma frontal todas las concepciones de las etapas históricas definidas según estructuras económicas. Meyer en definitiva deshechaba la esclavitud como si fuera una insignificancia histórica, un subproducto de la particular evolución política de la ciudad-estado. 

Es así como el sentimentalismo de Wallon siguió con los que inspirandose en Marx y sobre todo en Engels vieron en el esclavismo una etapa necesaria de la historia de toda sociedad. La segunda guerra mundial marcará sin embargo un punto de inflexión con el surgimiento de dos corrientes enfrentadas. Fuera de estas dos nuevas corrientes no hay que olvidar la persistencia de los llamados humanistas clásicos, los marxistas y los positivistas. Dejando a parte estas tres tendencias las dos corrientes enfrentadas a las que hacía referencia y que patentarán sus discrepancias en el Congreso Internacional de Ciencias Históricas de Estocolmo en 1960 serán en primer lugar, los marxistas que abandonando la teoría de los estadios buscaban nuevos conceptos de análisis; y en segundo lugar, en la Escuela de Mainz, de la que se podría destacar Vogt, que fiel a la vieja tradición del humanismo clásico y aun reconociendo los “males” del esclavismo lo ve como contrapartida del “milagro griego”. 

El período de la Guerra Fría tuvo importantes consecuencias sobre los planteamientos del problema del esclavismo antiguo. Frente a las corrientes soviéticas cada vez más productivas, donde se delimitaba el tema de la sociedad esclavista en tanto que modo exclusivo de entender la Antigüedad, junto con revoluciones que liberaban a los esclavos, los estudios occidentales olvidaron el tema. Se podría considerar que los únicos intentos de acercamiento pretendían quitarle importancia como si el clasicismo de la civilización greco-romana perdiera su brillo por el hecho de cimentarse en la esclavitud como sistema productivo. 

Con el final del estalinismo y la difusión de los Grundisse se pudieron introducir modificaciones que matizaban los estudios soviéticos. A la tradición soviética de los estudios clásicos de Rostovtzeff, se unía en este momento el cambio introducido en los análisis por Staerman que prescindía del carácter revolucionario de los esclavos como clase, o por ejemplo por Utchenco, que pensaba que no todos los cambios se debían a transformaciones revolucionarias que tenían como motor a los esclavos. 

Fue a partir de 1960 cuando en Estocolmo estallaron las hostilidades y las confrontaciones teóricas entre las que podrían llamarse actitudes orientales y occidentales en el problema de la esclavitud antigua. Ahí Vittinghof como alternativa a los estudios soviéticos trató de vigorizar la línea seguida por Vogt en el plano de las fuentes y la bibliografía; además , los trabajos se hallaron presididos por la idea de que el esclavismo antiguo no es más que una parte del conjunto de relaciones sociales antiguas caracterizadas por su “humanismo” tal y como las caracteriza Finley. En la URSS se fue generalizando la idea de que no era una herejía admitir la existencia de formas de explotación de trabajo que no eran “esclavistas” propiamente dichas.

Para finalizar se podría decir, en definitiva, cómo Finley ataca básicamente los enfoques moralistas, pero según él esto no implica atacar a los juicios morales. Es así como el historiador norteamericano diferencia en la Historia entre los juicios morales y los discursos morales: si se opone a los segundos, justifica los primeros de forma clara. Para él el historiador está inserto obviamente en un sistema ético e ideológico que le condiciona la visión del árbol que Sartre identificaba con la realidad. Pero la realidad para el historiador es ya pasado, es el no-ser del filósofo francés. Lo importante entonces es descubrir al hombre en la noche, fabricar las “apariencias” – los discursos históricos en nuestro caso- haciendo juicios morales si se quiere pero teniendo en cuenta que “a veces la indignación retrospectiva es también una forma de justificar el presente”.5

NOTAS 

1. J. P. Sartre, Verdad y existencia, Paidós, Barcelona, 1996, p.52.

2. Sobre la formación y biografía académica de M.I. Finley me remito a Claude Mossé, “Moses Finley ou l´historire ancienne au présent” en Annales, nº37, 1982, pp.997-1003; B.D. Shaw y R.P. Saller, “Introducción a M.I. Finley” en La Grecia antigua. Economía y sociedad, Crítica, Barcelona, 1984; M. de Sanctis, “Moses I. Finley. Note per una biografia intellectuale” en Quaderni di Storia, nº 10, 1979; Alberto Prieto, “M.I. Finley, in memoriam” en L´Avenç, nº 99, desembre 1986, p.68-69.
3. Claude Mossé , op.cit., p. 998.
4. Artículo inserto en su libro Mito, memoria, historia.
5. Finley, op.cit., p.81.